María Ruiz Rodríguez es consagrada en Jerusalén, donde trabaja dibujando para divulgar el Evangelio.

La biografía de María Ruiz Rodríguez se ha escrito con palabras poco convencionales para la mayoría de la gente. Cuando le faltaban pocos días para cumplir 19 años, dejó sus estudios de Filología Hispánica en la Universidad de Navarra para ingresar como religiosa de clausura en un monasterio de Huesca. Y en la congregación de las Hermanas de Belén, dentro de los muros de los claustros de varios monasterios en España, Portugal y Canadá, ha vivido veinte años.

Pero antes de cumplir los 40 sintió que aquella llamada regresaba pero de otra manera. “Fui muy feliz en el convento pero entonces sentí que algo en mi alma estaba apagado y tras un periodo de discernimiento, vi que Dios me pedía consagrar mi vida en medio del mundo”. Así, el 1 de noviembre de 2023 se consagró en el Ordo Virginum (una forma de vida en la que las mujeres laicas hacen un voto de virginidad y llevan a cabo su vida ordinaria bajo la autoridad del Obispo y al servicio de la Iglesia). Así es ahora el día a día de María Ruiz Rodríguez (Pamplona, 1981), que ha cambiado el hábito y el claustro por los pinceles y su trabajo en un taller en el que dibuja iconos (imágenes bíblicas) para ilustrar y divulgar el Evangelio. Y todo ello, en medio de la guerra, del sonido de las sirenas, las alertas por bombardeos y en un momento “de tanto sufrimiento”.

María nació en una familia católica que seguía el Camino Neocatecumenal (conocido popularmente como los ‘Kikos’). “Mi familia estaba muy comprometida con la fe y en ese contexto se nutrió mi llamada. Cuando murió mi madre, aseguró que su mayor herencia era habernos dejado la fe como un tesoro”, recuerda. La que ella vivió desde muy joven. “Sentí la llamada y la urgencia de responder rápidamente”.

Eligió una congregación muy joven, la de las Hermanas de Belén, que surgió en 1950 para dedicarse a la contemplación. En aquellos años apenas salió del monasterio más que para ir al médico, a votar y al entierro de su madre. “Aunque todas las semanas dábamos un paseo de tres horas por la naturaleza. Es una orden que da mucha importancia a la belleza, al canto, a los espacios…” 

En ese tiempo también perfeccionó el dibujo y la pintura. “Me resultaban un camino de oración personal y me ayudaban y ayudan a mantener viva mi relación con Dios”. También perfeccionó su arte en Francia, con maestros rusos, con los que estudió la técnica iconográfica bizantina y del arte románico.

 

 

SOÑAR CON TIERRA SANTA

 Como sumaba incertidumbres, la superiora general de su orden le recomendó seguir los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola con un sacerdote jesuita en Jerusalén. “Ir a Tierra Santa siempre había sido mi sueño para mí. A raíz de aquellos ejercicios, vi que Dios me pedía tomar un tiempo fuera de mi comunidad y así lo hice”. Comenzó entonces a colaborar en un voluntariado con jóvenes con discapacidad en Belén en 2020. “Fui tan feliz y me sentí tan bien, que me di cuenta de que ahí estaba mi sitio”. Ella, cuenta, conocía qué era el Ordo Virginum pero “nunca lo había considerado”. “Hasta que vi que mi lugar estaba en medio del mundo”.

Comenzó entonces a trabajar para el Patriarca de Jerusalén (una figura similar al obispo pero que recibe ese nombre en ciudades como Roma, Alejandría, Damasco, Venecia… por el peso histórico de la Iglesia en aquellos lugares). Su cometido consiste en reproducir los cuatro Evangelios en imágenes, unas miniaturas acompañadas por un texto escrito en árabe (la lengua mayoritaria). “El original será utilizado por el patriarca en las liturgias solemnes pero se harán copias más divulgativas y se traducirán a otras lenguas para utilizarse en las parroquias”. 

María vive ahora en una casa pequeña que le alquilan unos monjes en el Monte Sión, en la Ciudad Vieja de Jerusalén, muy cerca del Cenáculo (donde Jesucristo celebró la última cena) y del Monasterio de la Dormición (en el que, se cuenta, la Virgen María cayó en un sueño eterno). Además, la pamplonesa participa en muchas actividades de su parroquia (de expresión hebrea) y acompaña a los jóvenes en la pastoral. Con ellos viajó el pasado verano al Jubileo de Roma. “El hebreo lo hablo bien pero aún tengo que mejorar mucho el árabe para comunicarme con la gente”. A María los idiomas no le resultan difíciles. Aunque no terminó sus estudios de Filología Hispánica, habla perfectamente ingles, francés, italiano, portugués y hebreo.

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